Eso de vivir en la provincia tiene sus ventajas, incluyendo la posibilidad de no perder la capacidad de sorprenderse. Lo que para cualquier habitante de Brooklyn es habitual, para gente como uno es un pequeño milagro. Y esta vez el milagro fue completo. Desde que oí por primera vez “Loyd, I’m Ready to be Heartbroken”, pensé en ver en vivo a Camera Obscura. Luego de oir su espléndido “My Maudlin Career”, la cosa se hizo casi una obsesión. A mediados de Noviembre un compañero de clase me comentó que iba a verlos ese día en una ciudad vecina, a un precio increíble. Luego de hablar sobre la banda unos minutos el viaje estaba arreglado. El milagro se había dado. Iba a poder llorar al ritmo de uno de mis discos más queridos en años.
Camera Obscura, por su sonido, a veces parece que podría ser una banda pop de la época pre-Beatles, otras veces suena como un side-project de los músicos de Belle and Sebastian, sus colegas de Glasgow, pero con una cantante al frente. Otras veces suena como una extraña mutación blanca del sonido Motown. Su imagen sintoniza muy bien con ese sonido vintage, evitando clichés burdos: esa noche, la teclista parecía una pin-up recatada, Dunbar y Kenny McKeeve, el guitarrista, lucían un atuendo que evocaba a los jazzeros de los 50. Las letras entran en esa onda deliciosamente llorona que va de Roy Orbison a The Smiths. La banda ha admitido que una de sus muchas fuentes de inspiración son las películas de David Lynch. No me sorprende. Es fácil imaginar su música en las escenas de amor y dolor de “Blue Velvet” o “Wild at Heart”.
Rochester, la patria de la industria fotográfica en norteamérica, queda a dos horas de aquí. Cuando llegamos me sorprendió el teatro en donde lo veríamos, El German House. Prácticamente tocarían en nuestras narices. La banda que abría, Paper Cuts, con un sonido de revival a Galaxie 500, resultó interesante. Al poco tiempo de volver del baño, donde me topé con Gavin Dunbar, bajista y fundador de Camera Obscura, la banda salió al escenario. Sorprendentemente no me hicieron entrar en un mood sentimentalista y nostálgico. En cambio tocaron una tanda de canciones muy animadas, llegando al colmo de lograr palmas coordinadas con el público en “Come Back Margaret”. Todo al parecer debido al festivo de acción de gracias. El climax llegó en tres momentos: la señalada respuesta a “Are you Ready to Be Heartbroken” de Lloyd Cole, “The Sweetest Thing” y al final, con “French Navy”. Me quedé esperando “Away with Murder”, esa hermosa oda a la autoconmiseración, pero pude oir joyas de su viejo catálogo como “Pen and Notebook”. Nótese la tierna forma como Tracyanne Campbell manda callar al público durante esta canción:
A pesar de la alegría, la melancolía soterrada de las letras cobró sus victimas. Apenas acabado el concierto, al voltearme, encontré a uno de los asistentes secando silenciosa y dignamente sus lágrimas. Yo en cambio no podía de la dicha. Otra razón para no aborrecer el Thanks Giving.

