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Retromanía en el año de la revolución
Uno esperaría música a la altura de este año en el que la historia se aceleró de semejante manera. Durante este año de desmadre político y económico, el año de la primavera árabe, el auge del anarquismo Ocúpalo-todo, los movimientos estudiantiles en Chile y Colombia, la crisis financiera europea, terremotos nucleares en Japón, racismo anti-presidencial en Estados Unidos, etc los mejores discos no fueron ni revolucionarios, ni telúricos, ni devastadores. La onda retro mantienal rock en una especie de animación suspendida. La mejor forma de explicar ese fenómeno heredado de la década pasada es leyendo un nuevo clásico, Retromania de nuestro admirado Simon Reynolds. Pop will Eat Itself dejó de ser un nombre complicado de una banda de culto para pasar a ser la descripción del estado de cosas en la música contemporánea, incluso en el zeitgeist de la era de Internet. Piense en Youtube y el viaje permanente al pasado y la nostalgia en todos los frentes culturales: tv, cine, música, publicidad. Esa es la marca que define la década pasada.
La tendencia a la parodia o el homenaje intencional de viejos géneros pasó de ser un recurso a una fijación. Hemos tenido nuevas bandas retro synthpop de los 80 sonando por más tiempo de lo que duraron las originales. Aparecieron más bandas retro shoegaze en la década pasada que las que surgieron al comienzo de los 90, cuando el género renovó el indie rock. Pero Reynolds no detiene su análisis de la fijación por la nostalgia en la música y sus estilos. La retromanía también pasa por el regreso de numerosas bandas representativas del pasado, despojadas de su poder creativo y condenadas a repetir el sonido que las hizo alguna vez originales, convertidas ahora en bandas tributo de sí mismas. La museificación gradual del rock es otro síntoma de este panorama general de animación suspendida. Reliquias y memorabilia de 50 años de rock circulan en Ebay y se exhiben en museos por géneros o épocas, incluyendo a los viejos punks y su espíritu iconoclasta. La renuncia de los Sex Pistols a su lugar en el museo de museos del rock, el Rock and Roll hall of Fame, resulta bastante significativa en este contexto.
No resulta sorprendente que el personaje más representativo de esta época sea el hipster, un individuo que navega por las diversas interpretaciones del pasado sin mucho espíritu crítico, una especie de flaneur estilístico. El hipster no solo está entrenado para navegar en los diversos microgéneros del indie contemporaneo y sus diferentes fijaciones en el pasado. La caza de música popular retro -o no tan retro- de la periferia también está en la agenda. El regreso de la cumbia de los años 60 y 70 viene de la mano con el ‘rescate’ del funk del África occidental. Esta búsqueda de música pop exótica, sin embargo, se detiene en sonidos que a la larga no son tan ajenos para el coleccionista. Tampoco para el músico. Recordemos lo que ha hecho la world music en el rock y pop anglo desde mediados de los 70. Dice Reynolds respecto a la xenomanía, la fijación romántica por lo extranjero, lo lejano:
If our own rock and pop traditions seem stagnant and stalled, their forward motion obstructed by the sheer accumulation of glorious history, it could be that one way to escape the dead end is to step sideways. Get yourself outside the Western narrative altogether and explore all the elsewheres now accessible like never before”
“The thing about Orientalism/xenomania/tourism, there’s plenty to critique about it for sure, but it’s better than West-is-best-chauvinism/xenophobia/insularity…
Una vez más la música de la ‘periferia’ viene a salvar del estancamiento a la música de las viejas metrópolis. (Lo curioso es que el curso de los cambios políticos que vivimos sigue el mismo patrón de retroalimentación sur-norte) Robin James complementa el análisis de la retromania/xenomanía hipster y sus vínculos con el orientalismo, ese viejo y manoseado concepto de las ciencias sociales:
So, contra Reynolds, I don’t think you can separate xenomania from retromania via a simple, too-neat dichotomy between space/geography and time/nostalgia. Postcolonial space signifies, in the West, both distant space and distant time. The “Third World” is third because it is at least two places behind the so-called “First” or “developed” world. It is both far away and backwards. Just as Enlightenment political philosophers treated “America” as the “past” of which Europe was the “present” (e.g., in considering whether “America” was “the state of nature”), xenomanical hipsters treat “Third-World” pop as the “past” that they then translate into the Western avant-garde (note the connotations of future-orientation here).
Mientras la retromanía orientalista se convierte en una salida al estancamiento en los centros de producción cultural del primer mundo, extrañas reproducciones tropicales de esos hipsters se escandalizan cuando un festival latinoamericano como Rock al Parque propone un cartel con algunos invitados que hacen rock abiertamente negro y rumbero, cercano al hip hop o al dance. Los rezagos del colonialismo siguen pegando abajo.
Para concluir: lo mejor del 2011 en el norte o el sur tiene que ser esa música que trató de deshacerse de estas estructuras románticas de revisión del pasado o de la periferia, o bien la música que aprovechó a fondo esos amplios recursos de la era de Youtube, con un ojo puesto en el cambiante espíritu de cambio que trae esta época.
