Me gustaría decir que oí toda la música que dejó el 1991 al instante que salió, pero estaría mintiendo. Participé en diferido de ese gran año para la música, a veces oyendo esos discos con meses de diferencia y en otros casos con años, casi décadas de distancia en el tiempo.
En 1991 la forma más inmediata de adquirir información sobre lo que pasaba en la música eran los programas especializados en la radio, en emisoras comerciales o universitarias. Recuerdo que durante ese año afiancé mi afición por las emisoras universitarias, en especial por las múltiples versiones de la historia del rock, siempre tan incompletas, siempre tan rockistas y conservadoras. La música nueva no se descargaba ni se oía antes de que saliera al mercado. Las tiendas especializadas traían música nueva pero sólo después de cierto tiempo, a menos que fueran novedades de una banda consagrada.
Otra forma de estar al tanto de las novedades, una muy efectiva pero más densa, eran las revistas importadas. Lo mejor era el aura de misterio y la curiosidad que despertaban; hablaban de montones de bandas y artistas que no pasaban por emisoras y sólo algunas veces estaban en las colecciones de amigos y conocidos. Cada vez que hojeaba las revistas de música de la Librería Francesa o de la Librería Nacional, se abrían más incógnitas. ¿Cómo sonarían Teenage Fanclub o Cranes? ¿Por qué nombraban tanto a Hüsker Dü? La primera revista que compré y estudié como si fuera un manual universitario fue el resumen de 1991 de la Spin. Recuerdo haberla pedido a las bodegas de la Librería Francesa meses después de que estuviera en exhibición. Las bandas a las que se referían las listas del año, las reseñas y hasta la publicidad se convirtieron en mi carta de navegación durante muchos años, y coincidieron con lo mejor de una época que se acababa y de otra que apenas comenzaba: el final del college rock y el comienzo de la ola alterna.
Aunque el 91 se suele vender como el año en que despegó el grunge, el conjunto de discos memorables de ese año fue mucho más amplio. Del viejo college rock ochentero llegaban algunos grupos tranformados en nuevos productos de multinacional: el REM de Out of Time, por ejemplo, era una versión empacada para el gran público de la que fue posiblemente mejor banda de los ochenta en EU; en el otro extremo del espectro sónico, Metallica hacía algo parecido con su Black Album. Otros, como los Pixies de Trompe le Monde acababan su ciclo creativo, mientras los U2 del maravilloso Achtung Baby lograban renovarse creativamente hablando y recargar baterías para otra década. No les serviría para más tiempo.
Lo mejor del 91 llegaría con quienes venían a innovar a partir de la herencia del indie ochentero y sus numerosas corrientes -aunque muy poco de eso logré oír ese año. Screamadelica de Primal Scream, Blue Lines de Massive Attack y Loveless de My Bloody Valentine crearon escuela de verdad, con una línea de influencia que todavía se mantiene: mezclas de rock con electrónica bailable, Trip Hop y sus variedades, decenas de bandas shoegaze. Adventures Beyond the Ultraworld de The Orb, Spiderland de Slint y World Clique de Dee-Lite podrían oírse como iniciadores de nuevas tendencias en la electrónica, el math rock y la rumba global, respectivamente. A Teenage Fanclub no lograría oírlos hasta mediados de 1992, gracias a un cassette importado. Los ecos del Bandwagonesque y su amalgama de grunge, Big Star, The Byrds, Neil Young y el feeling escocés todavía resuenan en Yuk y otras bandas del indie contemporáneo.
Del grunge de Seattle -ese hijo bastardo del punk y el rock de los 70- salvo Nirvana no oí nada hasta comienzos del 92, pero sí había oído algo de sus precursores en emisoras universitarias como Sonic Youth, Dinosour Jr, hasta creo que pusieron algo de Mother Love Bone en algún programa de la Javeriana o de la Unal.
Del noventa y uno hispanoamericano también quedaron álbumes cruciales para lo que venía. Mundo Feliz de Fobia y El circo de La maldita vecindad ayudarían a seguir afirmando la calidad del nuevo rock mexicano. Ambos llegarían el año siguiente a los bares alternos. El 1991 colombiano dejó dos discos que ayudarían a abrir nuevos caminos, nada más ni nada menos que Orden público alterado de Hora Local y el disco epónimo de Estados Alterados.
Desde ese entonces pocos años han logrado tal cantidad de discos innovadores, de quiebres sísmicos en la industria. Pienso en 1997, 2001 y 2010, pero de eso me ocuparé luego.
